Mientras mi auto está en el mecánico, he tenido que vover a hacer uso del siempre pintoresco y polémico servicio de transporte público limeño. He puesto a prueba mi paciencia oriental con el tráfico, los desvíos, las discusiones y mi desconocida capacidad para convertirme en sardina a las 8 de la mañana, camino al hospital.
Así que, para no llorar, prefiero reírme y dibujar.
La verdad, no sé cómo hago para entrar en una combi. Y mucho menos cómo hago para salir.

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